
El pasado 24 de junio, mientras gran parte del continente celebraba las festividades de San Juan, dos potentes terremotos de más de 7 grados sacudieron el centro-norte de Venezuela, dejando una huella de destrucción especialmente visible en el estado La Guaira y en sectores de la capital. Sin embargo, más allá de las cifras de devastación, ha emergido un fenómeno que los protagonistas locales definen como «ternura comunal»: una respuesta de cuidado mutuo que ha desafiado las narrativas internacionales sobre el país.
A diferencia de desastres históricos similares, como el terremoto de Guatemala de 1976 donde la falta de apoyo estatal y comunitario agravó la crisis para las clases populares, en Venezuela se ha registrado una «solidaridad mecánica» que trasciende posturas políticas.
Ernesto Segovia, comunicador de una escuela audiovisual en una zona popular de Caracas, relata cómo, desde el primer momento, «ríos de gente» particularmente motorizados y civiles con camiones se volcaron hacia La Guaira para prestar auxilio.
Las estimaciones actuales de decesos se sitúan entre los 4,300 y 4,500 fallecidos, una cifra significativamente menor a los casi 30,000 muertos del sismo guatemalteco de magnitud similar, lo que se atribuye en parte a la rápida movilización de rescate y a la infraestructura de las viviendas.
Se estima que unas 17,000 personas han perdido sus hogares, para quienes el gobierno ya proyecta la construcción de 25,000 nuevas viviendas.
Un aspecto destacado de esta emergencia es la capacidad organizativa de los movimientos sociales.
Ante la magnitud del desastre, que superaría la capacidad de cualquier Estado omnipresente, diversos colectivos tomaron la iniciativa.
Motorizados se agruparon de forma autónoma para transportar agua potable y medicinas a zonas de difícil acceso.
Medios Comunitarios, Emisoras como «Voces en Caraballeda» en La Guaira ayudaron a coordinar y dar seguimiento a las labores de apoyo en un territorio de aproximadamente 70 kilómetros.
Ciudadanos pusieron a disposición camiones, grúas para remover escombros e incluso antenas de internet satelital para restablecer las comunicaciones.
Segovia subraya que esta conducta no es casual, sino que se ancla en referentes históricos de solidaridad colectiva venezolana, desde Francisco de Miranda y Simón Bolívar hasta luchadores sociales contemporáneos.
La tragedia no ha estado exenta de controversia.
En la comunidad aislada de Puerto Cruz, se denunció la presencia de una fragata norteamericana y militares de ese país entregando kits de supervivencia a través de iglesias evangélicas, lo cual ha sido interpretado por sectores comunitarios como una forma de «penetración» bajo el manto de ayuda humanitaria.
Asimismo, existe una fuerte crítica hacia el tratamiento mediático del suceso.
Mientras medios del Estado han mostrado lentitud en la actualización de datos, sectores de la prensa privada y redes sociales han sido señalados por practicar un «periodismo amarillista», llegando a proyectar más de 10,000 fallecidos sin certificaciones oficiales, buscando según Segovia deslegitimar las acciones de socorro.
A casi tres semanas del desastre, el enfoque comienza a virar hacia la atención post-traumática.
Las organizaciones populares están impulsando talleres de formación audiovisual, percusión y actividades recreativas en los refugios temporales, con un énfasis crítico en la salud emocional de los niños.
«Hay que cuidar a los que sobrevivieron, especialmente a los más pequeños que perdieron familiares», concluyó Segovia, enfatizando que la reconstrucción no es solo de ladrillos, sino de la fibra humana que sostiene a la comunidad.
Fuente: Ernesto Segovia

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